Literatura después del Coronavirus. Artículo de Reflexión.

El autor Iván Cantero nos comparte una reflexión acerca de los cambios (o no) en la literatura, especialmente visibles tras los cambios experimentados por el CoVid-19.

Dalton Trumbo escribiendo en la bañera.
Dalton Trumbo escribiendo en la bañera.

Hay mucha gente tratando de imaginar cómo será el mundo después del Coronavirus, y de paso, fantaseando también con cambios irreversibles de toda índole que puedan traer oportunidades, de esas que tanto gusta hablar a los redactores de manuales para vagos y pusilánimes. Cinco meses después del comienzo de la crisis, el populacho empieza ya a dividirse entre los que piensan que esto no se va a acabar nunca del todo y los que no terminan de creerse que sea algo real, al amparo algunos divulgadores oportunistas de discurso insolvente y, sobre todo, de la irresponsabilidad en la comunicación gubernamental y privada, que ha ocultado las muertes detrás de la estadística y ha tratado de presentar el confinamiento como el descojonante juego de quedarse en casa unos días haciendo verbena en los balcones, tomándonos a todos por el niño de La vida es bella

Uno de los temas sobre los que se discute, por supuesto, es la literatura. Los profetas del aspaviento y la charla TED llevan años anunciando de manera vehemente un cambio radical en el sector editorial que nunca termina de llegar. Y no llega, porque ni el márketing on line es el alfa y el omega, ni todo lo que pueda venderse funciona igual, ni siquiera en el mundo de la cultura. Internet ha sido un cataclismo que ha permitido visibilizarse a artistas gráficos, músicos o incluso pequeños cineastas independientes, porque todos ellos crean un material de fácil degustación por píldoras, abordable en un tiempo breve, casi inmediato, que es el dominio en que se mueven las redes sociales. La literatura, sin embargo, ha cambiado, en mi opinión, todo lo que tenía que cambiar: asumiendo ya como algo consolidado y obvio su venta en la red, el único gran aporte son los formatos y lectores de libros electrónicos, que además no son el soporte ideal para según qué obras o ediciones. Por lo demás, un libro requiere un cierto número de horas para su consumo y digestión, por lo que el lector tiene que seguir siendo igual de selectivo que siempre, a pesar de que se le presenten obras por nuevos medios. Sí, se pueden hacer sinopsis sugerentes o enviar muestras de lectura, pero serán recibidas en pantallas de tableta o teléfono móvil, siempre incómodas para algo más allá de una lectura muy breve. Hay quien hace también booktrailers, pero es un método promocional más que discutible y, en todo caso, solo apto para novelas muy comerciales construidas exclusivamente sobre su historia. 

Por lo tanto, no parece que la manera en que los libros llegan al gran público vaya a cambiar a medio plazo, por mucho que algunos se obstinen en decir lo contrario. El libro electrónico lleva ya una década entre nosotros y su consumo no es hoy, ni de lejos, tan importante ni prometedor como se imaginaba en comparación con el físico. Los lectores habituales prefieren el formato impreso y, promociones activas aparte, esperan encontrarlo en los escaparates o estantes de novedades de su librería (aunque luego lo terminen comprando en Internet). Y en el negocio, seguirán jugando con ventaja Planeta y PRH, con tiradas y distribuidoras con músculo suficiente como para que sus libros estén también en cualquier quiosco, papelería o supermercado. Mientras tanto, Amazon seguirá manteniendo y ampliando un gran número de categorías de género para ayudar a pensar a los autopublicados de KDP que les va bien en alguna de las clasificaciones de ventas, incluso en posiciones adyacentes en formato electrónico con algún escritor medio conocido. Y todos contentos. Todo seguirá igual en cuanto a ventas, realidades e ilusiones. Quizás algunas librerías tengan que vender más a través de la red y, desde luego, la crisis económica afectará a todo el sector. Por otra parte, la propia crisis venidera y el tener durante meses encerrada a demasiada gente sin poder trabajar, hace predecir a muchos otra oleada de manuscritos (coronavíricos o no) canalizados hacia un sector cada vez más pequeño e inaccesible... O quizás, en la época de los concentradores de ficción de digestión fácil, se ha preferido matar el tiempo con series o cultivar el deterioro cognitivo con el uso intensivo de las redes sociales.

Todas estas razones me han hecho tomar una decisión complicada y un tanto frustrante, pero que recomendaría a cualquiera en mi situación. Como en otras dimensiones de la vida, tampoco para publicar vale todo. Cualquiera puede hacerlo mediante el trampantojo de la coedición en una editorial de mala muerte (ninguna con mínima categoría ofrece tal posibilidad, y a la que lo hace, tu obra le importa un carajo), o autoeditándolo en todas las plataformas que permiten hacerlo sin coste, pero del mismo modo que ocurre (o debiera ocurrir) cuando seleccionamos a dónde enviar un manuscrito, hay que ser realistas y evaluar antes su ecosistema literario. Lo cierto es que el océano de la autopublicación no es tan variado, arriesgado ni transgresor como cabría esperar. Más bien resulta demasiado convencional, monopolizado por novelas cortas asépticas de géneros al alza (sobre todo negra, fantasía y romance erótico) que aspiran a ser best sellers, sin grandes pretensiones literarias. Los mayores riesgos que se permiten son introducir personajes no binarios, de nuevo al abrigo de las modas (y lo que es peor, del qué dirán). En unos cuantos años curioseando el mundillo y seleccionando mucho, solo he sido capaz de encontrar una excepción, lo que me hace pensar que no es lugar apropiado para mi primera obra, de una narrativa diferente: el lector adicto a estos caladeros no espera encontrar esto, y el que lo busca no lo hará allí. 

E. B. White escribiendo
E. B. White escribiendo

¿Dónde están, entonces, los otros tipos de obras que no consiguen acomodo en las editoriales? Probablemente en el mismo sitio donde voy a dejar la mía si las tácticas que sigo no dan sus frutos a lo largo de este año: el cajón. Y no es algo malo. No deberían verse los métodos de publicación independiente como un último recurso, sino como una opción consciente y responsable. No es necesario publicar sí o sí una novela al final de la primera intentona, salvo que se considere una especie de ejercicio de aprendizaje previo a la meta literaria que se pretenda alcanzar, caso en el que el autor no arriesga gran cosa. Si no es así, publicar de manera inadecuada una obra equivale casi a inutilizarla editorialmente para siempre, algo que no vale la pena por seguir el impulso de querer verla impresa en las manos. Pruebe con la siguiente. Vuelva a probar en otra ocasión.



Iván Cantero

Editado por Isabella S. Casto