'Nyx', de Javier Marco. Relato

03.08.2022

El autor Javier Marco Morte presenta su relato 'Nyx', un relato de pinceladas oníricas que no dejará indiferente a nadie.

'Reunión', Remedios Varo.
'Reunión', Remedios Varo.

Es en estas frías noches de invierno cuando recuerdo los acontecimientos que me llevaron al deplorable estado en el que me encuentro ahora mismo, y me hacen temblar de infantil impotencia a pesar de los años, cual vaso de vino en la mano de un viejo alcohólico condenado a la adicción.

Corría el final del año 1921, segundo año de esa hermosa década de hedonismo descontrolado inmediatamente posterior a los vientos de guerra que, inocentemente, creíamos lejanos; como si pertenecieran a una época remota cuyo destino era desaparecer en el olvido. No podíamos estar más equivocados, pero eso es otra historia para otro momento. Yo he venido a hablar de mi hermoso San Telmo en Buenos Aires: hogar de poetas, músicos y demás artistas, cuyo modo de vida no distaba mucho de las ratas que poblaban las calles y las casas, aunque con más elegancia y pasión (todo hay que decirlo). Y entre ese ecléctico grupo de innumerables bohemios, ya fuesen dotados de apolíneo talento o no, se encontraba un servidor, un pintor pendenciero que a sus veinticinco años confiaba con total fanatismo en su capacidad de cambiar el mundo con los ágiles trazos de su pincel carcomido por el uso. Era de esas personas que, siendo inexperto en los misterios del arte de la vida, se cree un perro viejo con un amplio repertorio de trucos dignos de admiración con los desdeñaba cualquier y que desdeñaba cualquier consejo de alguien superior en edad y experiencia por considerarla ajena a la modernidad. Modernidad, esa palabra tan arrojada por la juventud en estos tiempos de cambios frenéticos. Era simplemente un idiota.

Y era con esa soberbia con la que caminaba por los tortuosos callejones de mi adorado barrio, tambaleándome tras una de esas fiestas que nos permitían celebrar el nacimiento de Cristo de formas que el Marqués de Sade y Nerón, cuya condición de locos o genios expondré ampliamente un día de estos a debate, hubiesen aprobado con blasfemo orgullo; y sustituyen la sangre por el don de Dionísio. Ya llegaba yo a mi lugar de residencia cuando, por encima de las aún juerguistas voces de mi cabeza, sonó algo que asigné inmediatamente al efecto de las bebidas espirituosas que había tomado sin control alguno, ya que de otra forma acababa de ser testigo de la manifestación de una misteriosa y divina entidad solo presente en los mitos antiguos.

Poseído por un inexplicable frenesí, me lancé a la carrera, trastabillando por el laberinto de calles que, debido a mi embriaguez y la emoción visceral y primitiva del momento, me recordaba a aquel localizado bajo del palacio de Minos; y si alguien reflexionase, llegaría a la conclusión de que yo era la bestia escondida en él. Aún no se cuanto tardé en localizar la fuente de esa celestial melodía, pero lo que me aguardaba no era el paraíso, sino la primera puerta al infierno oculta en el fondo de una botella: una taberna. Sus entrañas se abrieron ante mí, rodeándome del humo de incontables cigarrillos y un olor que alentaba a imaginar un río de bourbon fluyendo bajo el local. El panorama parecía extraído de las magistrales pinturas negras de Goya; parroquianos, posiblemente fugados de la locura de la vieja Europa, agazapados sobre su copa como si la vida les fuese en ello, la mirada vacía, sintomática de vil agonía de la guerra. 

Hipnotizado por el ambiente inframundano de aquel lugar, me deslicé ladinamente por las voluptuosas mesas, que aún desprendían sueños rotos y promesas falsas, me senté en una silla solitaria en espíritu y llamé al camarero. Aquel fauno sacado del mismo Hades sabía lo que quería comandar de antemano, ya que con sus ojos grises a la par que violentos por alguna causa que se me antoja desconocida, era capaz de auscultar los rincones más ocultos de mi alma para adelantarse a mis deseos orientados al vicio. Como siempre, pedí un vaso de vino barato. Dejé que mis sentidos colapsaran ante ante la banal estimulación a la que eran sometidos. La música y el alcohol aligeran el ánima y el bolsillo. Pero respecto a este último, se puede decir que el aire no puede volverse más ligero.


El panorama parecía extraído de las magistrales pinturas negras de Goya; parroquianos, posiblemente fugados de la locura de la vieja Europa, agazapados sobre su copa como si la vida les fuese en ello, la mirada vacía, sintomática de vil agonía de la guerra.  


Dejé pasar el tiempo en ese pequeño paraíso con lentitud parsimoniosa permitiendo a los faunos del Jazz penetrar en mi ebria mente. El ritmo del bajo apelaba a la herencia primitiva que reside en todo ser humano y nos recuerda a los primeros bailes que tuvieron lugar frente al fuego en los albores de nuestra especie. El saxofón poseía una reminiscencia onírica que evocaba los dominios de Morfeo y plasmaba con toque impresionista un color único en la acústica. Pero lo más impresionante era la voz, un dulce vibrato en la inmensidad del éter, una genuina expresión de belleza, aunque lo mismo podía decir de su portadora. Una escultura griega del mármol más puro, ojos de ónice, cuyo rostro era la imagen de una luna olímpica rodeada de un manto nocturno. Era un faro de luz frente al mar de decadencia que se extendía delante del escenario y como tal me sentí atraído a su presencia, necesitaba que fuera mi modelo, tenía que acercarme y proponérselo. Ella sabía que lo haría.

Tras la última canción me acerqué a la tarima. ¡Cómo se detenía el tiempo mientras clavaba su mirada altiva en la mía! Ya al pie de su dominio me sentía como un Romeo ante una Julieta inalcanzable. No esperaba que ella diese el primer paso. La fluidez de su conversación acompañada de su voz cristalina era la mayor delicia para el oído de un hombre. No sabéis el gozo que llegué a sentir al comprobar su fascinación por la pintura y su afinidad con mi objetivo artístico: plasmar el sonido en un lienzo. Hablamos de técnica y de emoción, de belleza y rebeldía. Y de mutuo acuerdo decidimos quedar todas las noches en mi estudio para pintarla mientras me deleitaba con su canto, pese a que mi buhardilla no merecía la presencia de tal belleza. Creo que ese fue el momento en el que me enamoré de ella. La primera noche que vino a mi humilde cubil era la viva imagen del nerviosismo. Ordené y limpié el material y el mobiliario para hacerlo mínimamente decente para su presencia. Estaba desesperado. Ese estudio formado por simples tablas viejas y paredes de yeso amarillentas por el paso de los años, repleto del equipo barato que mi hambriento bolsillo se podía permitir, pasó de ser el orgullo de un artista rebelde a convertirse en una blasfemia a la belleza áurea que iba a presentarse en él, pero ¿Y si no lo hacía? No podía pensar en eso.

Eran las doce en punto cuando llamó a la puerta, de forma suave, con un golpeteo rítmico casi juvenil, como si de un código secreto entre dos amantes se tratase. ¡Cuán afortunado me sentía! Tímidamente, desprendiéndome de mi soberbia de artista le permití la entrada. ¿O ella me permitió que yo le abriese? Aún no lo sé. En el umbral aguardaba el ser más angelical que había visto en mi vida. Distanciándose del vestido de noche que portaba durante los conciertos, llevaba un sencillo vestido de color púrpura en conjunto con un abrigo de algodón negro, ambas piezas le concedían una dulzura magistral, que tras la imagen inclinada al deseo que había presenciado la noche anterior, me causó una gran y grata impresión. Se paseó con calma por el estudio acariciando con amor maternal, casi con piedad, el material artístico que iba a representarla. Yo me arrodillé ante ella. Nunca me había sentido así, indefenso, como un niño ante una figura de autoridad; asustado pero feliz, pues estar ante ella era lo más parecido a presenciar una divinidad. Respondió a mi gesto de pseudo adoración con ternura, acariciando cariñosamente mi rostro con sus finas y frías manos, extrañamente frías, mientras me miraba con esos ojos que evocaban el eclipse de las eras. Fue solo un instante. Un instante eterno.

Tras darme cuenta de mi penosa y sumisa situación tan impropia de mi persona, intenté recuperar mi porte característico con torpeza, para poder así realizar el trabajo que correspondía esa noche: la pintura. Le indiqué un discreto rincón para que se sentase como gustase, sin ninguna postura especial en concreto. Quería representar una situación natural, el canto de una doncella de ensueño en total armonía, pero tenía que estar cantando durante todo el proceso de creación. Su ligero asentimiento con la cabeza fue un verdadero alivio, ya que era consciente del esfuerzo que iba a tener que hacer mi bella invitada, pero ella actuaba como si eso fuese una nimiedad. 

Cuando ambos estuvimos colocados en nuestras respectivas posiciones, le pedí que comenzase esa noche con un repertorio clásico, para así ir afinando la técnica que requerirían las abstractas obras que intentaría realizar, no, que realizaría posteriormente. No me puso pega alguna y aclaró su voz. Sujeté el pincel con calma profesional y le di la señal para comenzar; no sé si puedo describir lo que vino después con el escaso vocabulario que posee nuestra lengua infantil. Su voz era tranquila y armónica e imitando un harpa helénica, me deleitó con una suave melodía que comenzó a envolver mi corazón, cada vez más, hasta que no fui consciente de la realidad. Mi entorno comenzaba a difuminarse conforme me centraba en la música. Notaba mi pincel moverse y trazar algo que era incapaz de ver. Estaba asustado. Tras unos minutos dejé de percibir a través de mis sentidos humanos para pasar a sentir lo invisible, aquello que estaba vetado al conocimiento humano. La melodía me transportó por mundos imposibles de concebir con la imaginación. Palacios de áureo gas se alzaban ante mí, con sus agujas etéreas rebelándose contra una inmensidad que tan solo era un ligero obstáculo en ese plano dimensional.

Los habitantes de aquel castillo gaseoso me contemplaban con extrañeza y un ligero resentimiento; esos seres de energía atemporal difusa jamás habían contemplado la idea de que un ser material pudiera cruzar el umbral de su mundo para contemplar la intimidad de su realidad superior, sus miradas excitaron mi curiosidad y decidí contemplar la forma que poseía en aquel extraño lugar. Mi cuerpo era un amasijo de materia y gravedad de carácter infinito cuyos átomos danzaban alegremente al son de las ondas de pensamiento y emoción de aquellos seres. Estaba maravillado por poder contemplar la esencia verdadera de mi existencia y de su cósmica composición, pero lo que más me llamó la atención fue un hilo imperceptible de oscuridad que me unía a un lugar lejano en el espacio, en el tiempo y otras dimensiones desconocidas por la ciencia de nuestra joven especie, y que parecía atemorizar a los nativos de aquel plano, que de una forma amable a la par que severa, me instaron a marcharme tras una corta conversación en la que hablamos de las maravillas de nuestros respectivos mundos, vale la pena decir que me sentí decepcionado con el mío. Me despedí cortésmente y seguí ese filamento oscuro que me atraía con especial fuerza.


Su voz era tranquila y armónica e imitando un harpa helénica, me deleitó con una suave melodía que comenzó a envolver mi corazón.


Dediqué todos mis esfuerzos a seguir el sombrío sendero durante lo que creí que fueron horas. Atravesé valles de infinita belleza fantasmal, desiertos de antimateria se abrieron ante mí amenazando con consumirme, crucé ignotas montañas donde seres anteriores al tiempo habitan y seguirán habitando cuando el universo se consuma; viajé lejos, más lejos de lo que ningún humano hará jamás puesto que quien lo haga no será ya humano, pero no disfruté de aquello que se abría ante mi ser, ya que esa esencia umbría me arrastraba de forma obsesiva, como si yo la conociera de antes y ella a mí, desde siempre. Era frustrante, cada vez que creía tener su fuente al alcance de mi astral mano, más lejano veía el final. Lo peor era que mis fuerzas se agotaban, mostrándome que esos mundos no estaban hechos para la presencia humana. El cansancio fue tomando mi mente. No conseguí avanzar mucho más.

Desperté en el centro de la habitación, tumbado boca arriba, mirando al techo e intentando evocar las vivencias que me resultaban difíciles de recordar con mis sentidos terrenales, en esos cruces de ángulos que a aquellos que tienen determinada sensibilidad muestran dimensiones imposibles y dan respuestas en esos momentos anteriores a entrar en los dominios del sueño. Permanecí así varios segundos hasta que unos ojos profundos como los abismos descritos por Dante se cruzaron con los míos. ¿Cuánto rato había estado así, haciéndola esperar? ¿Y el cuadro? Me levanté raudamente mientras le imploraba a mi invitada perdón por haber interrumpido durante tanto tiempo la sesión para la realización del retrato. Pero ella, para mi sorpresa, me calmó, o alteró más, no lo sé, afirmando que había estado pintando todo el tiempo y que el desvanecimiento se había producido apenas dos minutos. Sorprendido, o más bien aterrado, miré mis manos mientras me decía a mí mismo que lo que acababa de vivir era lo que los emergentes artistas surrealistas denominaban pintura automática: el hecho de dejar al famoso subconsciente freudiano expresar las verdaderas habilidades creativas del individuo sin el yugo de la razón. O al menos eso me decía para conservar la cordura, ya que lo que había presenciado no podía ser verdad. ¿No?


Mientras me perdía en el laberinto de mis pensamientos, las frías manos de mi modelo, esas frías manos, agarraron mi cansado rostro y con una sonrisa, cuanto menos pícara, lo volvió en dirección al cuadro que había comenzado antes de la onírica experiencia, el cual milagrosamente, estaba terminado. La perfección matemática de mi obra era aterradora, las líneas que formaban los contornos de la blanca doncella que gobernaba el cuadro no eran humanos, la pericia con la que habían sido realizadas no era la mía ni la de ningún hombre. ¡La tarótica emperatriz de níveo perfil que se encontraba ante mí superaba con creces a cualquier Doré o incluso a un Velázquez en su composición! El vestido de llamas púrpuras no era perteneciente a mi concepción artística. ¿Había hecho yo esto o había sido la mano de la locura la que guiaba mi pincel? Todo eso daba igual ya que la belleza era la que había ganado esta batalla. Fui apartado de mi obnubilado comportamiento por las manos de mi dulce musa. ¡Esas frías manos! Su mirada mostraba orgullo ante mi obra y un encaprichamiento insano. Me ofreció más, su voz, su presencia, sus labios, su cuerpo. ¡Me lo ofreció todo! Jamás volveré a amar a un ser humano tras sentir el roce de sus manos sobre mi piel desnuda.

Pasaron así los días y las noches, centrado en la pintura de todos los estilos musicales que la voz de mi dulce musa podía interpretar. Mis obras eran poco a poco más vanguardistas, pues a cada trance avanzaba más en ese plano de onírica existencia en el que perseguía su oscuro origen. Me olvidé de comer, de dormir, de los placeres de la vida, nada importaba salvo mi musa y su retorcido amor que me extraía el alma a cada suspiro. Para mí era perfecto, todo era perfecto, hasta esa noche de tormenta. Cada vez me costaba más sujetar el pincel, mis fuerzas eran casi nulas y mi aspecto, decrépito, pero allí estaba ella, pura, atemporal, diabólica. ¡La perfección encarnada! Cada sonrisa que reflejaba su rostro era un paso más hacia la muerte. Sabía que ese sería mi último cuadro. Me hallaba en el ya conocido plano existencial supraterreno con la forma etérea que ya me era más natural que mi cuerpo humano y me hacía consciente de lo insignificante que era nuestra existencia para la vastedad del cosmos y lo grande que es nuestra ignorancia. ¡Maldita sea el alma que no habita ningún cerebro! Esta vez sentía que llegaba al final de mi viaje.

Avancé de la mano de la oscuridad hasta los límites del propio tiempo, donde ya no existe nada más que el vacío. Estaba preso de un terror primordial, pues sabía que iba a ser el único ente con una pizca de inteligencia que alcanzase esos dominios. Seguí el sendero marcado por la inexistencia hacia su núcleo, donde ella me esperaba. Mi dulce musa se hallaba ante el infinito con el mismo porte que el de una reina, o mejor dicho, de una diosa. Avanzó a través de la oscuridad con semblante severo hacía mí y con cada uno de sus pasos mi apariencia humana se apoderaba de mi verdadera forma. Me sentí desnudo y asqueado al contemplar mi cuerpo mortal. Cuando se encontró a escasos centímetros de mi rostro, se detuvo y, sádicamente, esbozó la última de sus sonrisas. Pues tras esta, su cuerpo comenzó a distorsionarse para reflejar su verdadera forma. El origen mismo de la existencia se abrió ante mis primitivos ojos, una oscuridad que había dado origen al cosmos mismo me abrazaba. ¡La verdadera esencia de la belleza! Las risas del sueño y de la muerte taladraban mis oídos. ¡Los mortales no están preparados para esto! Mi voluntad se quebraba e intentaba huir, pero algo me lo impedía. ¡Esas frías manos! Mi mente no pudo soportarlo más, lo último que recuerdo de ese instante es el divertido suspiro de una voz femenina.

Tras eso fui encontrado por mis vecinos, que, alarmados por mis incoherentes gritos, acudieron con la policía. Tras ver que mi comportamiento era inestable y era incapaz de expresar palabra alguna debido a mi crisis nerviosa y que afirmaba haber estado en una taberna que se localizaba donde solo había escombros de un incendio, el cual tuvo lugar hace una década, me internaron en el hospital psiquiátrico de mi amada ciudad mediante el dinero obtenido de la venta de mis cuadros, asumiendo que mis vecinos se quedarían gran parte, puesto que eran de una belleza indescriptible. Se vendieron todos salvo el último que realicé; no me quisieron dar explicaciones salvo que fue llevado a la catedral para ser incinerado por la Iglesia. Ahora soy feliz. En mi soledad pinto paisajes dulces que se alejan de toda pretensión artística y me permiten alejarme de cualquier otro pensamiento. Soy feliz casi todos los días, posiblemente gracias a la morfina que me administran, salvo las noches sin luna, cuando la oigo reír y noto las caricias de sus manos. ¡Esas frías manos! Es en esas noches cuando mi locura vuelve y solo puedo gritar un nombre, su nombre: ¡Nyx! ¡Nyx! ¡Nyx!


Javier Marco Morte



Editado por Iván Trujillano