Pororoca, de Constantin Popescu. Crítica de cine.

El autor Iván G. Cantero nos trae su crítica sobre una película menos conocida, pero no por eso menos absorbente.


Esta fue para mí una película no buscada, con la que me topé una extraña noche de verano laborable con ganas de cine. Una producción rumana, nacionalidad que apenas había visitado en el séptimo arte. Y resultaba sugerente desde el título, que es la transcripción de una onomatopeya empleada en la región amazónica para definir el concepto superlativo de lo que en español se conoce como macareo: la irrupción de una ola en el sentido contrario de la corriente de un río, por acción del mar en la desembocadura. Digo superlativo en lugar de sinónimo porque el fenómeno a nivel ibérico no puede ser comparable a los cataclismos-relámpago que pudiera provocar algo similar en los inmensos y caudalosos ríos de la selva. Después del visionado pensé que quizás Popescu (permítanme que aquí pueda caracterizarlo por su apellido, a pesar de que es el equivalente dacio de García, Smith o Rossi en sus respectivos países) concebía la pororoca a modo de metáfora de una calamidad inesperada y antinatural, como corresponde etiquetar a una marejada destructiva decenas de kilómetros tierra adentro, algo más sutil y mayor alcance por su canalización que los ya desgastados tsunamis. Yo antes de verla pensaba en algo más concreto y humano, que es la muerte por embolia gaseosa, provocada por una burbuja de aire que se hace correr por alguno de los afluentes de nuestro cuerpo hasta sabotear el corazón.

En todo caso, tiene que ser algo horrible y letal, acorde con el sencillo argumento: una niña de clase media-acomodada desaparece a plena luz en un parque de Bucarest sin dejar rastro. Sin embargo, la obra trata más bien de retratar las consecuencias de la desgracia para la familia, entorno a la que gira todo. O más bien diremos que gira entorno al padre, que es a quien se le había perdido la cría. Por ello, Popescu se decanta por el uso masivo del indigesto plano-secuencia, delegando la narración visual en lugar de apropiársela él, dejando, en mi opinión, demasiado abierta la interpretación de todo. De este modo, el espectador se convierte en el mirón morboso común de un encadenamiento de escenas más o menos luctuosas propias de la historia, con las que se podría haber topado por la calle.

En términos psicológicos, Pororoca es una historia de negaciones: la policía niega que se pueda hacer más en la búsqueda, la madre se niega a aceptar la situación y huye a Constanza hasta que aparezca su hija, el hermanito niega que haya pasado nada y finge seguir con su vida como si tal cosa; y el único sospechoso niega cualquier relación, aun evidenciando un costumbrismo un tanto asqueroso. Finalmente, el padre se niega a creer a la policía, al sospechoso o aun a su propia mujer, que considera relacionada con un extraño tipo que la llama con demasiada frecuencia al móvil. Tampoco acepta su posición de víctima indirecta del posible rapto y asume el de culpable, además de considerar el encontrar a su hija una responsabilidad propia. Destacar en ese sentido la gran interpretación de Bodgan Dumitrache, que incluye un impactante cambio físico.

No puedo dejar de mencionar que la película tiene un par de escenas, en un tono un tanto socarrón, de un valor antropológico notable. La primera de ellas es precisamente en la que ocurre la desgracia, seguro de manera inconsciente: un joven paseando a su perro discute con dos señoras sentadas en un banco sobre la prohibición de entrar con animales al parque frente a la legitimidad de acatar las normas injustas. Como es de esperar, la cuestión termina sin ningún tipo de acuerdo, y el zagal se marcha tildando a las mujeres de comunistas, exactamente en el mismo tono que en España las hubiera llamado sin duda fachas, evidenciando que lo que solemos denominar conservadurismo es un concepto local y que por el mundo adelante abunda más el seguidísmo fácil de afirmar romper con el pasado reciente que una verdadera conciencia política. En otra secuencia posterior, de un sabor mucho más actual, durante una reunión de los padres con unos amigos en casa, a uno de ellos se le escapa un comentario algo desafortunado sobre el desenlace de la desaparición y la actuación de la policía. La reacción posterior (con una traducción muy conseguida, es justo decirlo), es tan exagerada en dialéctica, aspavientos y lenguaje corporal, que muchos nos habremos reído para dentro recordando las polémicas trespuntoceristas que se dan casi en tiempo real por cualquier gilipollez. También consiguió hacérmela imaginar como la versión cosmopolita y postmoderna de las peleas kafkianas de las tabernas irlandesas en el cine clásico.

Concluyo diciendo que Popescu, a pesar de firmar una película calificable como de autor, reverencia en las formas muy claramente a referentes populares. Sin duda al Irreversible de Noé y, sobre todo, al Taxi driver de Scorsese, aunque con una intencionalidad muy diferente y, me atrevería a decir, bastante tibia. En ese sentido, la obra resulta un tanto decepcionante, pero sin duda con muchos elementos que me hacen recomendarla. Si no... ¿Qué hago escribiendo un comentario?


Iván García Cantero


Editado por Isabella S. Casto

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