Sobre el mar interior. Crónicas de un cambio anunciado.

20.01.2023

Desde la depresión hasta materializar sus sueños; el autor José Garrido narra su proceso interior.

Jose durante una jornada de buceo. Foto: Adrián Soler
Jose durante una jornada de buceo. Foto: Adrián Soler

Sería un terrible atrevimiento comenzar a describir de una forma u otra la marea de acontecimientos que con su deriva me ha terminado trayendo aquí. Estaría omitiendo partes vitales aun siendo fugaces o diminutas, pero si quiero encontrar paz las he de verbalizar y compartir con el mundo. Yo no trabajaba sino de matemático, manipulando y gestionando bases de datos, cantidades ingentes de ellos, sobre propiedades pendientes de embargo o sobre los sobrealimentados beneficios de alguna empresa millonaria ávida de rascar algunos millones más. Lo típico que puede encontrarse en el corazón financiero de Madrid. 

No soportaba ser testigo, semana tras semana y mes tras mes cómo la dinámica de una gran ciudad de latón absorbía a sus habitantes, como los engullía y regurgitaba en una espiral de cafeína, estrés y sueños aplazados. Los gastos desorbitados de la muchedumbre de mi alrededor durante los fines de semana en placeres cortoplacistas que tantas y tantas tardes de látigo y sumisión suponían me enfermaban, terriblemente. ¡Estaban - y estaba - inviertiendo cuantiosas y hasta diría interminables horas de su vida en humo! ¡Un humo podrido, plastificado, producido en serie y vendido con tintes de exclusivo como alfalfa para un ganado repleto de ego! ¡Cómo podría no haber tomado el camino que me ha llevado hasta aquí! 

Llegó un momento que a muchos de mis coetáneos nacidos en los noventa les podrá resultar familiar: tras un delicado progreso - o mejor dicho recesión - en que poco a poco cesaba mis actividades favoritas porque la jornada laboral me devoraba el alma y después me escupía las sobras - no podía sino ir a la cama a llorar y quedarme dormido hasta el día siguiente y cada día que transcurría me levantaba más tarde y con menos ímpetu -, el reloj de arena depositó el último grano de una arena rancia y pasada de fecha y no asistí al trabajo. Cogí el teléfono y comuniqué a mi empresa que el día anterior había sido el último. Se acabó. 

Durante todos estos convulsos meses en que se encendía lumen a lumen una idea, o el crepitar de la semilla de una me resonaba en las sienes me marqué un objetivo y una dirección a seguir para darle sentido a todo ese sufrimiento y que no fuera en vano. Desde pequeño siempre he sido galante de ensoñaciones y planes extravagantes y tremendamente ambiciosos que luego no arribaban a puerto, pero sentía muy dentro que esta vez había algo distinto; simplemente lo sabía. Tal fue la determinación ya no de entablar una relación laboral con el buceo o con alguna actividad relacionada con ello, que también por otro lado, sino la de obedecer de una vez por todas ese impulso natural de un alma aprisionada por los fantasmas del ego en un lugar que no le corresponde y que pretende liberarse a toda costa, sin importar el coste o el precio a pagar, y es este ímpetu debido a interminables y hastiantes años - mentiría si dijera menos de 15- en que a fuerza de corresponder creencias e ideales ajenos, que no son sino los del rebaño, minaba y despreciaba los ensordecidos hálitos de un interior moribundo que se moría de no vivir. 

No resultó nada sencillo gestionar este proceso de cambio. Bajo el abrazo de una depresión que con más letalidad que sus predecesoras obstruía sin piedad los canales por los que en un estado de normalidad rezumo vitalidad y amor hacia el exterior, el más mínimo quehacer me suponía un castigo insufrible y una meta apenas alcanzable. Y no fue sino una noche, en el sofá después de un interminable día de no hacer nada acudí al baño, encendí un par de velas y me miré al espejo fijamente. Súbitamente, y con una tenacidad que heló mis huesos un claro mensaje borboteó en mi mente y mis ojos: "José, esta es tu alternativa al suicidio. ¿Qué quieres hacer?". Sorprendido por la rotundidad del mensaje cavilé durante altas horas de la madrugada los pros y contras de ambas sendas de la bifurcación que se me planteaba y me aferré a mi decisión de proseguir con ese germen de proyecto como si me fuera - y así era - la vida en ello. 



Empaqué y organicé la recogida de todas mis posesiones materiales a excepción de un par de maletas para que las transportaran a casa de mis padres en Jaén, firmé todos los dichosos documentos para el cese del contrato - sentí un placer inmenso cuando ultimé los papeles del finiquito - , y me dirigí al centro de vacunación internacional para que me administraran las vacunas más recurrentes para viajeros que se dirigen al sudeste asiático entre un sinfín de tareas más. Estaba ocurriendo. A pesar del esfuerzo emocional, a cada elemento pendiente de mi lista que tachaba mi autoestima se veía reforzada, como si una pequeña mano divina me diese palmadas en el hombro como impulsándome en mi recorrido. 

La noche anterior a mi vuelo a Maldivas - el primero de muchos - donde comenzaría a trabajar en un maravilloso centro de buceo con personas y profesionales increíbles, Jon y Chiara, a cambio de formación, me reuní con mi círculo íntimo de Madrid. Cenamos en un restaurante siciliano y pude despedirme entre sonrisas de las almas que me acompañaron durante casi los dos años en que por vez primera me topé conmigo frente a frente. Durante la velada, un antiguo amor ya marchito floreció espontáneamente y como la luz de una estrella muerta que sigue brillando hasta que nos percatamos de que se consumió tiempo atrás, los gestos de E. me iluminaron con un destello apagado que un par de semanas más tarde se desvanecería en medio de la noche ecuatorial. Durante mi estancia en una pequeña isla del atolón Laamu y gracias a mis mencionados mentores, aprendí una nueva filosofía de vida en la que siempre había creído pero no gozaba de la fortaleza suficiente para ser acólito de la misma: "Today, today. Tomorrow, tomorrow". La transformación de la persona que era en el hombre que soy ahora estuvo plagada de pesadillas nocturnas, trabajo duro y una continua sobreexposición al miedo al fracaso y a la pérdida del control. Tal fue el cambio que ahora una de las cosas que más me place es la incertidumbre de no conocer qué vendrá después. 


Cogí el teléfono y comuniqué a mi empresa que el día anterior había sido el último. Se acabó.


Transcurrida mi estancia allí, cogí un vuelo a una isla más al norte del archipiélago maltés: Gozo. La etapa allí tampoco resultó sencilla: largas jornadas de doce horas al día en el centro de buceo, además de otras cuantas horas sirviendo copas a irlandeses y escoceses que no dejaban de beber y tambalearse en busca del siguiente trago. Les gustaba la Cisk rubia y la farlopa. 

En este pequeño paraje, a una hora en barco hacia el sur desde Sicilia, aprendí lo que en proporción aprende un crío en los primeros años de guardería o escuela, como si de lectura y escritura de supervivencia se tratase. Un alma bonita y sabia me enseñó que nada malo hay en pedir dinero prestado cuando se necesita, y en efecto este era el caso. También cultivé, gracias a ella, una certeza placentera e ineludible, la de entregarse por completo a una relación sana a pesar de la tremenda incertidumbre que contorneaba nuestros planes en el futuro inmediato - T. es nómada por definición, y la vida del instructor de buceo es susceptible de cambiar drásticamente de un día al siguiente, así que ambos asumimos que todo el amor que nos profesamos podría acabar de un momento a otro-. Y a pesar de esa cortina de nubes de repentinas posibilidades nos quisimos muchísimo. 

Y como mencionaba, de una semana para otra encontré trabajo en Fuerteventura, en un centro de buceo al que asistí como cliente un año atrás. Allí me empapé de las historias de los instructores que tanta fascinación despertaban en una imaginación desbocada por conocer y con los que doce meses más tarde tuve la oportunidad de compartir trabajo y rutina y seguir aprendiendo. En la isla me sentí terriblemente solo, no por la falta de apoyo, cariño y compañía, sino debido a que iba a tratarse de una estancia de al menos seis meses, y dicho sea esta falta de fecha límite me producía un terrible desasosiego. "¿Cómo voy a estar tanto tiempo en el mismo sitio?"; "esto me fuerza a establecer relaciones personales más duraderas"; "me aterroriza tener la oportunidad de sentirme en casa", eran los pensamientos que se ocultaban debajo de la alfombra del cerebro consciente. 

Recuerdo con cariño que años atrás cuando me embarqué en esta pasión que es el buceo y experimenté las sensaciones que ofrece el primer curso, Open Water Diver, hice una lista de tres objetivos a cumplir a largo plazo. El primero de ellos era restaurar una casa en el monte -cosa que siendo sincero conmigo mismo se va a demorar unos cuantos años más-, si bien el segundo y el tercero no eran sino escribir mi tercer libro y bucear en Tailandia. 

Mi estancia en Fuerteventura fue una suerte de experiencia ya que asentó las bases de mis aptitudes como instructor, tendré siempre un más que grato recuerdo de mis compañeros allí, pero no sólo eso, sino que además en los ratitos que tenía en superficie y en casa terminé mi tercer libro y gracias a que un instructor de un centro de Lanzarote apareció en el momento oportuno y el sitio adecuado, conseguí mi actual trabajo en Tailandia. Los primeros días en Koh Lipe resultaron fatales. El contraste entre lo que creía conocer y lo que realmente conocía fue un abismo en que mis concepciones y sistema de creencias sobre cómo es la vida se precipitaron en una caída al vacío. He de decir que por vez primera desde que nací no necesito de una fecha de caducidad de mi estancia para sentirme en casa. He descubierto que la sensación de hogar se mueve en torno a una llama que no deja de crepitar muy dentro del pecho y que siempre nos acompaña aunque no sepamos escucharla o regocijarnos con su calor. También estoy amando de nuevo, muy intensamente, de una forma que no me hubiera creído capaz hace un par de años debido a que a veces el entorno no propicia que este amor sea sencillo y requiere de una gestión emocional templada y contundente, pero no por ello resulta menos placentero y pacificador. 

Ayer, durante una fugaz escapada a Malasia para renovar el visado, estuve cenando en un restaurante adentrado en la zona rural y tragado por la jungla. Allí los monos, murciélagos, aves cuyo idioma no había oído nunca y los grillos susurraban su parloteo en un bosque de palmeras, mangos y plataneras de camino a lo alto de la colina donde se encontraba el sitio. En el local, completamente construido en madera y rodeado por potos, palmeras, flores de pascua y plantas aromáticas disfruté de una comida deliciosa cultivada y producida enteramente en esta pequeña región vecina del Estrecho de Malaca.

José Garrido
José Garrido

Y sonaba aquella canción, una que recuerdo con especial cariño de las noches de verano en mi querido Jaén cuando bajábamos a la ciudad en coche y la escuchábamos con las ventanillas bajadas, recibiendo en las mejillas las suaves brisas que anuncian la llegada del otoño. No pude evitar que un par de lágrimas se escaparan de mis ojos.


José Garrido



Editado por Iván Trujillano